
Las misioneras clarisas del Santísimo Sacramento abren “caminos de esperanza” a través de la educación en Sierra Leona
La hermana Sandra Ramos forma, con la ayuda de Manos Unidas, para “romper ciclos de pobreza generacionales.

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Cuando la justicia se ejerce con integridad y fidelidad a la verdad, se convierte en un factor de estabilidad y confianza dentro de la sociedad”, destacó León XIV

Mi nombre es Elizabeth Salgado, soy una hermana de votos perpetuos y hoy comparto la experiencia maravillosa de la misión en Argentina, realizada específicamente en

Escrita en Japón, con la de la multiculturalidad Los momentos históricos en la vida de una Congregación se van escribiendo entre líneas de fe, esperanza

Mi deseo más profundo es que cada persona pueda experimentar el amor que me ha transformado. No soy yo: es Él

Cada que pienso en cuál fue el momento de mi llamado, no logro traer nada más un recuerdo a mi mente, en realidad mi corazón atesora algunos momentos concretos que son una semillita que ha sido sembrada, regada y cuidada por Dios a lo largo de mi caminar, con esto concluyo que la vocación es vida.

El Rosario Misionero no es solo una oración para repetir mecánicamente, sino una profunda experiencia de fe que une la contemplación con la acción, el corazón con las manos, la oración con el compromiso. En el pasaje de Marta y María (Lucas 10,38‑42), Jesús nos muestra cómo vivir este equilibrio. Hoy, te invitamos a redescubrir el Rosario Misionero desde esta mirada.

La historia de la evangelización en América no puede comprenderse sin la presencia de la Virgen de Guadalupe. Su aparición en 1531 en el cerro del Tepeyac, en lo que hoy es la Ciudad de México, marcó un antes y un después en la fe de un continente entero. La Virgen Morenita se convirtió en la primera gran misionera de América, uniendo culturas, lenguas y corazones bajo un mismo mensaje: amor, esperanza y fe.

“María se levantó y partió sin demora hacia la región montañosa.”
— Lucas 1, 39
Como María, también nosotros hemos caminado durante este Mes del Rosario, dejándonos guiar por su amor de Madre. En cada misterio, ella nos ha llevado de la mano hacia Jesús y nos ha recordado que Dios sigue actuando con ternura en nuestra vida diaria.

Dios llama a todos a la santidad, también a los más pequeños. Los niños pueden amar, ayudar, perdonar y rezar con un corazón puro, y eso los acerca mucho a Jesús. Los padres tienen un papel hermoso al guiarlos en ese camino de fe, con el ejemplo y el amor cotidiano.
“Dejad que los niños vengan a mí; no se lo impidáis, porque de los que son como ellos es el Reino de Dios.” — Marcos 10:14
San José fue el esposo de la Virgen María y el padre adoptivo de Jesús. La Biblia nos lo presenta como un hombre bueno, justo y trabajador. Era carpintero y artesano, y con su esfuerzo cuidó y sostuvo a la Sagrada Familia.
Su vida nos enseña el valor del trabajo hecho con amor y dedicación, y cómo desde lo sencillo se puede colaborar en los planes de Dios.
San José es patrono de toda la Iglesia, y también es copatrono de nuestra Congregación, las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento. Desde los inicios, Madre María Inés lo eligió como protector de esta obra misionera, confiando en su ayuda y guía para acompañar a los misioneros en su camino.
Hoy seguimos sintiendo su cercanía, su silencio lleno de fe y su protección como padre amoroso.
La Virgen de Guadalupe se apareció en 1531 a Juan Diego, un hombre sencillo y creyente, en el cerro del Tepeyac (hoy parte de la Ciudad de México). Le pidió que se construyera un templo en ese lugar, como muestra de su amor y cercanía con su pueblo.
Desde entonces, la Virgen de Guadalupe es una madre muy querida, especialmente por los pueblos de América Latina. Ella es un símbolo de consuelo, esperanza y ternura para quienes confían en su intercesión.
Para nosotras, las Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento, la Virgen de Guadalupe tiene un lugar muy especial. El 12 de diciembre de 1930, durante su profesión religiosa, nuestra fundadora Madre María Inés Teresa vivió una experiencia espiritual profunda: sintió en su corazón que la Virgen le prometía acompañarla en su misión y darle las gracias necesarias para tocar los corazones de muchas personas
Desde ese día, María de Guadalupe es nuestra patrona y madre espiritual, y sabemos que camina con nosotras en cada paso de nuestra vocación misionera.
La alegría es una marca que queremos llevar siempre. Nuestra sonrisa no es solo por fuera, es una expresión de lo que sentimos por dentro: una gratitud profunda por ser llamadas por Dios y amadas por Él. Esa alegría brota de sabernos suyas, de saber que nuestra vocación es un regalo.
Para nosotras, Jesús en la Eucaristía lo es todo. Él es quien nos guía, quien nos ama y nos da fuerza. La misa, la adoración, y todo lo que rodea al Santísimo Sacramento es el centro de nuestra vida. Es el alimento que nos nutre el alma y el corazón.
Tenemos un cariño muy especial por la Virgen María. Ella es nuestra Madre, nuestra guía y nuestro refugio. En especial, reconocemos a la Virgen de Guadalupe como nuestra patrona. A Ella le confiamos nuestros sueños, nuestras misiones y la conversión de las almas.
Nuestra forma de ser misioneras no siempre es viajando o predicando con palabras. Muchas veces nuestra misión es rezar, ofrecer sacrificios y estar disponibles para ayudar en la conversión de los corazones. A través de la oración y el servicio, buscamos acercar a las personas al amor de Dios.
Sentimos que Jesús nos invita a seguirlo muy de cerca, como lo hizo en su vida pública, entregándose completamente a los demás. Nosotras también queremos vivir así: dándonos sin reservas y agradeciendo la oportunidad de ofrecer nuestra vida por amor, igual que lo hizo Él. Queremos ser una especie de «ofrenda viva», unidas a Jesús Sacerdote, para el bien de todos.